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Soy
Rocío, estoy en un hermoso lugar, muy luminoso, hay una escalera de mármol,
con unas vetas muy suaves, parecen pintadas; allí me está esperando un
anciano, de cabellos y barba blanca, tiene una túnica de color marfil, me
ayuda a subir. Hay una puerta imponente, el anciano la abre e ingresamos a
un templo. Este tiene forma de semicírculo, muy luminoso, me hace parar
en el centro y puedo contemplar tres puertas de madera talladas, muy
lustradas. En una de ellas debo entrar, las observo y de repente la puerta
de la izquierda y del centro, comienzan a desaparecer, en una gran
nebulosa, quedando la puerta de la derecha; comienza a abrirse lentamente
y me atrae su espesa niebla; sin darme temor, entro.
Al
ingresar no puedo ver nada, solamente niebla, que cada vez se hace más y
más espesa. A lo lejos veo una pequeña luz, que poco a poco al avanzar
se ve con mayor nitidez y al llegar distingo un farol de calle, pero con
tres lámparas, en forma oval cada una, no es eléctrico, sino parece
antiguo, su pie de color bronce, no tiene brillo, es alto. Lentamente, éste
me permite ver la calle, es de adoquines, sin veredas angostas de una
tonalidad gris.
Hay
algo que me llama la atención, no hay plantas ni flores, todo es tan gris
solitario, que da tristeza; me siento como una cámara, que veo todo pero
soy ajeno a este paisaje.
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Ahora estoy en un gran salón, parado frente a un ventanal, en un primer
piso, tengo puesto un blusón marfil, pantalón oscuro; lentes, con
cristal circular, mi cabello es pelirrojo, con rulos, uso barba con
bigotes; de repente veo mis manos y éstas son macizas, blancas. Me doy
cuenta que ya no soy Rocío, sino un hombre, el mismo que vi algún tiempo
en el espejo; estoy sorprendida pero también siento que lo conozco, no
temo.
Me
llamo Frank. En ese instante se abre la puerta y se asoma una mujer vieja,
tiene puesto un miriñaque y calota, toda de negro, en su mano trae un
balde de latón gris, que vino a limpiar, pero al estar el salón ocupado,
se retira disculpándose. A los costados del salón hay dos grandes
bibliotecas de madera, repletas de libros, no tiene lugar libre, a mi
costado una gran mesa de madera oscura, es maciza, fuerte, sus patas
talladas, casi imponentes; sobre la mesa una pluma negra, es la que uso
para escribir, también hay un papel ocre, el cual está escrito del lado
superior el año y muy claro 1854, con números caligráficos.
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Tu pregunta fue: "¿Qué siente Frank, un varón, al hacer el
amor?" Y de repente es como si me transportara a un cuarto, tiene un
gran ventanal frente a la cama, ésta es amplia y no tiene el mosquitero,
es más nunca lo tuvo, se ve la madera oscura, pesada, cálida. Siento las
sábanas blancas de hilo y yo allí, haciendo el amor con una mujer
blanca, sus cabellos tienen bucles muy negros. La estoy poseyendo, amando,
penetrando. Siento su palpitar, nuestro placer, estoy encima de ella y no
la estoy lastimando sino amando, ella es Mary, mi amor, mi mujer.
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Regreso nuevamente al salón, soy escritor, doy clases en la Universidad y
también trabajo en la biblioteca, estoy casado con Mary, aún no tenemos
hijos.
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Estoy en un peñasco, a orillas del mar, es Austria, a mi izquierda hay un
viejo faro; aquí vengo a meditar, sentado en las piedras grises, con mi
polverino y mi gorra con visera, no dejo de ver el mar y de pensar. Con
mis 27 años, debo elegir el trabajo de la Universidad o la biblioteca;
realmente los dos me hacen falta, así de esa forma juntaría lo
suficiente para casarme con Mary, a quien amo profundamente. Su familia no
me quiere, por que soy escritor, bohemio, sin futuro y según ellos no le
puedo ofrecer nada. Pero ya lo decidí: tomaré los dos trabajos, por
nuestro futuro, sé que lo voy a lograr.
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29 años, estoy frente al espejo, acomodándome este chabot, hoy es el
gran día, hoy desposaré a Mary, estoy realmente feliz.
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Estoy en la biblioteca frente al ventanal, veo la calle, los movimientos,
todo es gris, en todas sus gamas, pero no deja de ser gris. Y ese farol de
tres luces, está casi frente a la entrada, le da un toque de calidez. Por
mi parte tengo todo, Mary, mis dos trabajos, soy realmente un hombre
feliz, además escribo, creo que es un don, redactar los sentimientos en
una simple hoja.
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Camino, voy yendo a la biblioteca, llevo mi polverino y mi gorra, de
repente me paro, para poder ver el panorama de la calle, toda las
tonalidades de gris y el farol de tres luces, como un fiel testigo de mi
visión. Se escucha el murmullo de la gente, el movimiento de la calle, de
ésta época y lugar. Me llaman la atención cuatro hombres, tratando de
subir tres cajones de madera, éstos tienen que llevarlos a una ventana,
que da a un primer piso. Quieren hacer una especie de cinta
transportadora, pero sobre una madera, están discutiendo. Apostaría que
no les va a funcionar, pero ellos siguen como mulas... ¡Gané!. Se cayó
el cajón y se rompió, si fuera el dueño de esos cajones los mataría;
aunque toda esta situación me da mucha risa. Lo gracioso es que se culpan
unos a otros pero ninguno levanta lo que está tirado. Y yo no puedo parar
de reírme.
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Tengo 37 años, vengo corriendo desde la biblioteca, con mi blusón
transpirado, mis pantalones oscuros, entro saltando los dos escalones de
la entrada, una de las puertas está abierta, la otra no. A mi derecha hay
una especie de arcada de madera, de allí sube una escalera a un piso
superior, voy a subir corriendo, pero está bajando un hombre, de baja
estatura, con galera y un frac negro, un maletín pequeño, unos lentes
como los míos. No me habló, solo bajó los lentes y vi su mirada
triste... Estoy ahogado en llanto, deseo gritar, mi Mary se muere, está
muy grave, perdió a nuestro bebé y ahora ella se me va... Llego a la
habitación, es el mismo cuarto donde hice el amor con Mary; ella está
entre sábanas blancas, es hermosa, pero está muerta. Hay mucho dolor,
ganas de gritar y no poder... Puedo ver una silla mecedora de madera, con
un tapizado oscuro de búlgaro en el respaldo, se la había comprado para
que estuviera más cómoda, pensando en su estado. Pero ahora ya es tarde,
estoy solo.
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47 años, estoy en el peñasco, donde venía a hacer planes, quisiera
terminar con mi vida, pero ella no se merece un cobarde; aquí están los
recuerdos felices, nuestros planes. Aquí venía a pensar en nuestros
proyectos, ahora solamente vengo a recordar.
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Estoy en la biblioteca, lo único que me quedan son los libros, ya no doy
clases, ¿para qué? Al ver la calle, me doy cuenta que mi vida tomó el
color de ella, es gris, triste y fría. Solamente espero que pasen los años
y poder estar juntos nuevamente.
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74 años, estoy en mi cuarto, el mismo de siempre, soy viejo y enfermo, me
duele el pecho, es como una presión, casi sin dejarme respirar. La
ventana está cerrada, los postigos también, pero se ve una pequeña luz
que entra muy cálidamente, es pobre pero deja ver su presencia, como
diciendo, ¡Aquí estoy voy a iluminar este triste lugar. El pecho me está
comenzando a doler más, casi me cuesta respirar, cada vez el dolor es más
fuerte y la luz se hace más luminosa, no puedo dejar de verla, a pesar
del dolor del pecho, todo cambia. Esa luz está tomando forma, es
maravilloso, es ella, Mary, flotando con un vestido blanco, sus rizos están
tan negros y brillosos, está tan hermosa como en el día que se marchó.
Me está extendiendo sus blancas manos hacia mí, siento que ya no voy a
estar más solo, ya no... Me siento libre, estoy flotando y al darme
vuelta puedo ver al viejo en la cama. En su rostro hay un gesto de
tranquilidad, dejó de sufrir... Tengo la edad de cuando ella murió, voy
de su mano, no temo, estoy flotando como en el espacio, el cuarto se
evapora, es una sensación placentera, siento una gran paz, armonía, hay
otras energías que no veo pero las percibo... Una entidad de luz se hace
presente, creo que es mi Angel Gabriel, y le dice a Frank, que debe darle
un mensaje a Rocío, y girando sin soltarse de Mary, me mira con mucho
amor, diciendo simplemente.
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Querete, amate y no te culpes, por que seguramente, hoy Rocío, ayer
Frank, puede encontrar a su Mary.
Luego
la mira y se pierden en la niebla y me puedo quedar en paz.
En
el momento en que el Angel habló con Frank, sentí que ya había dejado
el cuerpo de él para ser Rocío, para poder ser testigo de ese hermoso
momento de amor de ese hombre que tal vez alguna vez fui. |